Cronista del diario Página|12, co-creador del festival de rock independiente Festipulenta (así como su versión radial) y miembro de Militancia Kreativa. @orgullozombie
"una misión crucial"
Somos la primera generación de argentinos que ha vivido toda su vida en democracia. Yo, personalmente, nací en octubre de 1983, días antes de la elección que inauguró el mayor período de estabilidad política de la historia del país (contamos, en este caso, desde la implementación de la ley Sáenz Peña en adelante; lo que había antes, si bien era formalmente una democracia, no califica ni calificaría bajo los parámetros mínimos que hoy en día podemos exigirle a este sistema de gobierno, ya de por sí perfectible). Repito, porque quiero ser enfático en esto: nunca en la historia de la Argentina una generación se crio, creció y se hizo adulta sin sufrir, en algún momento, una dictadura y todo lo que trae aparejado.
Eso no significa que la última dictadura nos haya marcado. Lo hizo. Profundamente. A todos nosotros. A los que, como yo, nacimos en su ocaso y vivimos con la etiqueta de 'hijos de la democracia', cuando todos deberíamos ser socios o hermanos de la democracia. A los que nacieron durante, o poco antes, pero sólo alcanzaron a entender qué sucedía cuando ya había pasado. A los que nacieron algunos años más tarde, y conocieron el mundo a través de ese lente posapocalíptico que fueron los noventas. A la primera generación de argentinos que ha vivido toda su vida en democracia.
Desde hace tiempo conocemos las consecuencias económicas del llamado proceso de reorganización nacional y que aún hoy seguimos pagando: el cambio de la matriz productiva y el desmantelamiento de la industria, la irrestricta apertura financiera y la monstruosa toma de deuda, la instalación de la corrupción (que siempre ha existido) como modus operandi preferencial de la clase dominante.
Más tarde empezamos a comprender las consecuencias políticas: el vacío generacional de dirigentes, el retroceso en los derechos sociales, políticos, sindicales y laborales, la instalación del discurso único, la cooptación por parte de la derecha de --practicamente-- todos los espacios políticamente viables del país, la degradación de la militancia.
Y sólo ultimamente comenzamos a explorar un tercer nivel al indagar en las responsabilidades civiles, las complicidades miserables gestadas atrás de escritorios por tipos que reemplazaron la fajina por el traje o la sotana y las armas por un maletín o un crucifijo, y que hasta hace poco tiempo se daban el lujo de, cubiertos por el subterfugio que ellos mismos urdían desde sus tribunas, dar lecciones de civismo que nunca fueron pedidas.
Pero todas esas heridas sanarán. La pauperización de nuestra sociedad se está desandando, lentamente, desde 2003, y quedará en el olvido si se aplican las recetas correctas el tiempo suficiente. El vacío político vuelve a llenarse, merced del tiempo que pasa y las nuevas generaciones que se hacen cargo y demuestran estar a la altura del desafío. A los cómplices ahora se los señala por la calle y es cuestión de que la justicia haga su trabajo correctamente para que terminen los pocos días que les quedan con el orto en la cárcel.
Sin embargo hay algo que va a quedar siempre en cada uno de nosotros, una marca más profunda e indeleble. Es lo que hace que cuando un cretino se manifiesta pública y masivamente "harto" de la dictadura nos indignemos. Lo que nos hace alegrarnos con la recuperación de cada nieto como si fuera un hermano. Lo que nos llevó a marchar todos los 24 de marzo de todos los años aunque no tuviéramos otra actividad política en nuestras vidas. Una cicatriz que nos dejó algo que no nos sucedió a nosotros, y sin embargo está ahí. Y que traza una forma distinta en cada uno. Es por eso que le pedimos a un puñado de jóvenes, miembros de esta generación (la nuestra) que ponga en palabras desde su lugar, su experiencia personal, esa marca. Para que el coro que se forma con la pluralidad de estas voces nos permita vocetar qué significó la dictadura, cuál es la forma que tiene ese legado.
Por que nosotros, la primera generación de argentinos que vivimos toda nuestra vida en democracia, tenemos y tendremos una misión crucial: pasar ese legado a nuestros hijos. Esa es la única forma de garantizar la memoria. Para no ser la única generación que vivamos nuestra vida en democracia sino la primera de muchas, de todas las que vienen. Para que la cicatriz sea cada vez menos profunda hasta desaparecer. Para que lo que pasó no vuelva a repetirse. Nunca más.
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